París, Bossange, Masson et Besson, 1806.
8 volúmenes en-8 de: I/ (2) ff. 6 retratos, xxxv pp., (1) f., clxiv pp., 334 pp., II/ (2) ff., 479 pp., III/ (2) ff., 478 pp., IV/ (2) ff., 494 pp., V/ (2) ff., 480 pp., VI/ (2) ff., 447 pp., VII/ (2) ff., 527 pp., VIII/ (2) ff., 536 pp., (1) f. de errata general.
Plena piel de becerro marrón con raíces, ruedecilla con pampanos de vid enmarcando las tapas con el monograma P grabado en oro en el centro, lomos lisos muy ricamente adornados, piezas de título y tomos en marruecos rojo, cantos decorados, rueda interior, bordes dorados. Encuadernación armoriada de la época con la etiqueta de Baudet Relieur.
199 x 120 mm.
Edition en grande partie originale et la première classée par ordre chronologique.
« Les éditions les plus complètes et les meilleures de Mme de Sévigné sont les éditions du XIXe ».
Tchemerzine, V, 829.
A las cartas impresas en las ediciones anteriores, Grouvelle añadió otras: las de Madame de Grignan y del marqués de Sévigné. Las de Bussy-Rabutin, de Coulanges, de Corbinelli, forman, por las diferencias de su estilo, contrastes picantes y una agradable variedad.
La idea de haber clasificado por orden de fecha en que fueron escritas todas las Cartas indistintamente, que hasta entonces formaban tantos recopilados separados como correspondencias particulares había, es muy afortunada; elimina las lagunas donde, durante la reunión de la madre y la hija, se perdían totalmente de vista; pero por este medio, desde la edad de 22 años hasta el momento de su muerte (pues se recopiló su última, que el editor llama ingeniosamente el canto del cisne), se siguen todos los momentos de esta mujer interesante, y el recopilado de sus Cartas se convierte casi en la historia de su vida.
Grouvelle le debía el plan de su edición al antiguo bibliotecario de Napoleón y del consejo de Estado, A.-A. Barbier; nuestro erudito bibliógrafo había indicado este plan en el Magasin encyclopédique. Otra idea no menos afortunada es la de haber grabado algunos fragmentos de una de estas cartas a partir de un original que con muchos esfuerzos se logró obtener: la imitación exacta de los caracteres nos pone, por así decirlo, en un conocimiento más íntimo con el autor. »
Las notas son mucho más exactas que las de las ediciones anteriores; sirven de complemento a lo que las cartas a veces solo dejan entrever, y levantan el anonimato de los nombres que anteriormente solo se indicaban con iniciales, una mejora no menos importante es una tabla de contenido muy extensa.
Ejemplar precioso y hermoso impreso en papel de Angulema cubierto con una elegante encuadernación con las iniciales de Pauline Bonaparte y adornado con 2 retratos en frontispicio, 4 retratos fuera de texto y la escritura del autor.
Pauline Bonaparte (1780-1825), nacida Maria-Paoletta, es la segunda hija de Charles Bonaparte y Letizia Ramolino. Su belleza notable le gana numerosos pretendientes desde su adolescencia, como el controvertido comisario extraordinario del Directorio Stanislas Fréron o el general Duphot. Pero es al brillante general Victor-Emmanuel Leclerc a quien Napoleón decide casarla en 1797. Cuando este es nombrado comandante en jefe de la expedición a Santo Domingo en octubre de 1801, con la misión de reprimir la insurrección de la isla, su esposa y su hijo Dermide (nacido en 1798) lo acompañan. Aunque no demuestra gran fidelidad conyugal, Pauline queda profundamente afectada por la muerte de su esposo un año después, durante la epidemia de fiebre amarilla que siega gran parte del cuerpo expedicionario.
Mucho antes de adoptar una política matrimonial destinada a federar el nuevo Imperio de Occidente, Napoleón, amablemente secundado por su hermana, hará de ella un instrumento de conquista diplomática al casarla con el príncipe Camille Borghese, jefe de una de las más grandes familias romanas, en noviembre de 1803. Princesa, no deja por eso de ser una aventurera sentimental, y la pareja vivirá separada la mayor parte de su existencia, residiendo Pauline en París mientras Camille persigue una carrera militar sin brillo en el ejército imperial. La victoria más bella que aquel le aporta a Napoleón le es particularmente dolorosa: es la de la venta al Estado francés de su colección de antigüedades, una de las más antiguas y prestigiosas de Europa, en noviembre de 1807. Se ha visto obligado por graves dificultades financieras, debido tanto a la coyuntura política como al tren de vida de Pauline, y por las presiones del propio Emperador. Inicialmente halagadora, la alianza que ha contraído con el clan Bonaparte se revela ruinosa para el heredero de los Borghese. Recibe ciertamente como compensación la concesión de las rentas del feudo de Lucedio en el Piamonte. Napoleón lo nombra además gobernador general de los departamentos más allá de los Alpes, con Turín como sede del gobierno, en particular con la esperanza de ver a Pauline regresar a él. Pero el acercamiento solo se producirá después de la caída del Imperio, después de que la hermana de Napoleón haya tenido que abandonar la esperanza de acompañarlo en su exilio.
La gran belleza de Pauline le otorga un lugar especial en la galaxia de los napoleónicos. Si disfruta sin reservas del poder que su físico y su encanto le permiten ejercer sobre los hombres, es sin otro fin que el de satisfacer su deseo de libertad. No renuncia a las aventuras amorosas al someterse a las voluntades matrimoniales de Napoleón. Si pone su persona al servicio de los designios políticos de su hermano, es por falta de ambición personal, pero sobre todo debido a una afinidad electiva comparable a la que Élisa comparte con Lucien. Su necesidad de exclusividad, que encuentra su origen en las atenciones que Napoleón le prodigó desde temprano, ha generado conflictos con Josefina así como con María Luisa, con quienes se siente rival. Ajena a los intereses del poder y sinceramente apegada a su familia, Pauline es un agente de enlace entre sus hermanos y logra a veces reconciliarlos. Sin embargo, es la única, exceptuando a Madame Mère, que comparte el destino del Emperador en el momento de su caída, cuando los otros napoleónicos se aferran a su corona. Lo acompaña en el exilio en la isla de Elba, le envía sus diamantes cuando cree que él está en apuros financieros en el momento de su regreso, y quiere estar a su lado en Santa Helena. No obstante, es en Florencia, cerca de su marido con quien se ha reconciliado, donde muere el 9 de junio de 1825.