En París, en casa de Langlois, Demorain, 1794).
En-24. Colación: 127 págs., 2 hojas plegadas presentando 7 mapas, falta papel en la parte inferior de las páginas 23 y 105.
Marroquín rojo, gran reserva festoneada de marroquín blanco con decoración de gorros frigios sobre fondo de punteado dorado, en el centro pieza de marroquín verde adornada igualmente, en sentido vertical, en el centro, en cabeza y en pie, florón mosáico de marroquín limón, lomo con falsos nervios mosáico de marroquín rojo o verde oliva, adornado con un gorro frigio, el ojo de la vigilancia y picas rematadas con gorros frigios, forro y guardas de papel floral policromo sobre fondo dorado, bordes dorados. Encuadernación Revolucionaria en marroquín mosáico de la época.
Dimensiones de la encuadernación: 101 x 54 mm.
Un Mappamundi desplegable con en el reverso un mapa de Europa y un mapa de Francia, al final, una hoja desplegable, con en el anverso un mapa de Asia y otro de África, en el reverso, un mapa de América del Norte y un mapa de América del Sur.
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Excepcional e interesante modelo de encuadernación revolucionaria adornado con gorros frigios y el ojo de la vigilancia.
Para asentar la legitimidad del nuevo régimen, los revolucionarios debían afrontar un doble desafío: por un lado, minar la confianza del pueblo en el Antiguo Régimen, y por otro, suscitar la fe en el régimen republicano. Sustituyendo a una monarquía arraigada en las mentes a través de símbolos como la flor de lis, la corona, el cetro, la bandera blanca, el retrato mismo del rey, la joven república consiguió rápidamente forjar sus propios signos de reconocimiento y adhesión: un calendario (aunque no se impuso), valores (libertad, igualdad, fraternidad), una bandera de tres colores, un himno nacional, así como una alegoría de la Libertad confundida con la de la República y pronto de Francia, conocida bajo el nombre de Marianne…
Los símbolos, entidades visuales más o menos simples pero muy pedagógicas – podían ser reconocidas fácilmente por el pueblo -, jugaron un papel importante en este proceso. Era necesario encontrar objetos concretos para oponerlos a los símbolos de la monarquía, ofreciendo una cierta «figurabilidad», como por ejemplo el gorro frigio, el ojo de la vigilancia, la escarapela que remitía a la nación unida o la pica que evocaba el arma del pueblo. Estos símbolos revolucionarios fueron desplegados a la vista de todos durante las fiestas cívicas, llevados durante las procesiones, prendidos o bordados en la ropa, pintados en las paredes y tapices, grabados en objetos cotidianos o en las encuadernaciones.
Así reunido por la misma cultura y una misma creencia, el pueblo debía participar en un proyecto cultural de regeneración.
Se tomaron una serie de decretos para imponer el uso de los nuevos símbolos:
– 3 de octubre de 1793: «las flores de lis serán reemplazadas por el gorro de la libertad».
Una de las encuadernaciones revolucionarias más valiosas que han aparecido en el mercado en varios años, uniendo un marroquín mosaico de cinco tonos: blanco, limón, negro, rojo y marrón, un fondo de puntillado dorado, símbolos revolucionarios y un estado de conservación notable.
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