París, Jean-François Bastien, 1783.
3 volúmenes en-4, plena piel de cabra verde, tapas adornadas con anchas encajaduras doradas, lomos con nervios adornados con florones dorados, piezas de título y de numeración en piel roja, cortes decorados, rueda interior, cantos dorados. Encuadernación de la época en piel de cabra verde con encaje.
Tomo I: falso título; título; retrato de Montaigne, xxiv pp. y 492 pp.
Tomo II: iv pp., 732 pp.
Tomo III: Falso título, título, 605 pp.
262 x 205 mm.
Uno de los 25 ejemplares de los Essais de Montaigne impreso en in-4 en papel grande de Holanda en el año 1783.
«Impreso en papel muy bello, y mucho más cuidado en la corrección que varios otros del mismo editor. Contiene una buena tabla, y se ha seguido en ella la antigua ortografía…» (Brunet, III, 1839).
« Très bonne édition sans notes ni manchettes, sans les traductions des citations mais en en précisant les auteurs. L’édition de Bastien fit date dans la transmission des Essais. Il opéra en effet un retour aux sources, au-dessus de Coste, pour retrouver le texte de Montaigne : « J’ai, autant qu’il a été en moi, rendu cet auteur à lui-même ». (Cf. P. Bonnet « un singulier éditeur de Montaigne au XVIIIe siècle », BSAM, 5è serie, n° 13.)
« Le charmant projet que Montaigne a eu de se peindre naïvement comme il l’a fait ; car il a peint la nature humaine […] Un gentilhomme campagnard du temps de Henri III, qui est savant dans un temps d’ignorance, philosophe parmi les fanatiques, et qui peint sous son nom mes faiblesses et mes folies, est un homme qui sera toujours aimé. » Voltaire, 1734.
Un bréviaire d’humanisme. Montaigne n’avait pas tort de dire de ce livre « consubstantiel à son auteur » que « qui touche l’un touche l’autre ». Comme il apportait non un système, mais une série de réflexions qui devaient leur unité à leur lien étroit avec son « moi », admirateurs et détracteurs ont exalté ou attaqué, dans les Essais, non une doctrine, mais une tournure d’esprit et une qualité d’âme. Les esprits critiques, plus soucieux de comprendre que de construire, épris avant tout de sincérité et de liberté, tels Voltaire ou Sainte-Beuve, ont aimé Montaigne et salué en lui leur maître. Les esprits rigoureux et systématiques, les êtres avides d’absolu, ceux qui ne croient pas pouvoir s’épanouir sans se donner et se dépasser, tels Pascal, Malebranche (ou Rousseau), irrités par son allure vagabonde, son penchant à l’égoïsme ou par la sérénité avec laquelle il accepte le relatif, ont haï et vilipendé Montaigne comme un représentant séduisant de leurs plus dangereuses tentations. Mais ses ennemis ont subi son influence et ses admirateurs l’ont trahi. Immense est envers lui la dette des classiques, qui se sont pourtant indignés de son désordre dans la composition et de son indiscrétion à étaler son « haïssable moi » jusqu’en ses particularités les plus vulgaires (telles que l’abondance de ses poils, son goût pour les melons, ou son incapacité à marcher sans se crotter !) Assez étrange, en revanche, fut l’enthousiasme du XVIIIe siglo que, de este conservador, este enemigo de la violencia y la pasión, este hombre prudente y moderado, terminó por hacer el patrón de los reformadores intemperantes, de los ateos convencidos e incluso de los revolucionarios. Estas paradojas son testimonio de la vitalidad y la fecundidad de una obra cuya importancia sería difícil de exagerar. Los Essais, que han asimilado y nos han transmitido, en una forma accesible e incluso encantadora, todo el acervo de la Antigüedad, son al mismo tiempo la primera en fecha y la más decisiva de las obras modernas. Sin ellos, ¿tendríamos los análisis lúcidos y vigorosos de Pascal, la puesta en duda cartesiana, la sabiduría de Molière y su sentido del « natural », la malicia de La Fontaine, la ironía de la crítica voltairiana, el respeto de Rousseau por el instinto y la naturaleza, el culto gidiano de la sinceridad y los meandros sutiles del análisis proustiano?
Acerca de nuestras más grandes obras maestras, se evoca a Montaigne, porque, él primero, representa con brillantez la tendencia fundamental del genio francés que, de Pascal a Bergson, pasando por Racine, Vauvenargues, Stendhal o Maine de Biran, produjo tantos psicólogos y moralistas. A pesar de sus modos desordenados y su desprecio por la lógica, este caballero gascón era muy francés, por su espíritu crítico, su desconfianza hacia las grandes construcciones metafísicas, su sentido común y su malicia; por su amor a la vida, su gusto por los placeres de los sentidos y los de la conversación y por su sociabilidad al igual que por su buena gracia, su franqueza y su sentido del coraje, de la lealtad. Pero al mismo tiempo fue admirado por los ingleses en un momento en que sus compatriotas lo despreciaban y no dejó de influir en Goethe. Es que, enemigo de toda particularidad y haciendo suyo el famoso verso de Terencio: « Homo sum et nil humanum a me alienum puto », fue un humanista en el sentido pleno de la palabra; el adjetivo humano viene espontáneamente a la mente para caracterizarlo, quizás porque no intentó forzar la naturaleza para elevarla por encima de sí misma, pero también porque supo observarla lo suficientemente finamente para encontrar el secreto de una armonía que, dando una buena plaza a los placeres y a la dulzura de vivir, no excluye las alegrías y los esfuerzos que hacen la dignidad de una vida humana.
Ejemplar precioso y magnífico encuadernado en piel de marruecos verde de la época con encaje ancho procedente de las bibliotecas de la Princesa de Faucigny-Lucinge, y luego Rothschild.
Entre los 25 ejemplares impresos en gran papel de Holanda en 1783, este es el único registrado encuadernado en piel de marruecos verde de la época con encaje ancho y bello.